Últimamente por razones académicas, he estado visitando semanalmente a la Biblioteca Central ubicada en la Av. Abancay. Durante toda mi vida, nunca me sentí cómodo en esa zona de Lima. El ruido, el trafico, el calor, el mar de gente que todos los días se mueven por ahí, siempre hicieron que me sintiera agobiado, sentía como si todo ese mar de gente me aplastara.
Durante mi etapa de estudiante secundario evite totalmente esta zona, puedo afirmar que solo pase por ahí una o dos veces. Como cualquier adolescente, prefería concentrarme en mi mundo, simplemente escuchando mi música en el bus ignorando lo mas que pueda a las personas extrañas, amontonadas en los buses de nuestro transporte publico al igual que yo.
Pero bueno mi historia comienza hace 2 semanas, en mi primer tímido viaje hacia la Av. Abancay, y lo primero que percibí fue la gran cantidad de personas mayores que iban conmigo en el carro, al menos en la ruta que tomo, desde el Rimac a la Av. Abancay, el carro siempre esta lleno de personas adultas que amablemente conversan entre ellos siempre abrigados y la gran mayoría con un sobre en las manos.
Otra cosa que rápidamente llamo mi atención fue lo distinto que es un bus lleno de personas mayores, que un bus lleno de jóvenes apresurados, impulsivos y hasta cierto punto agresivos. Apague mi música, guarde mis audífonos y decidí averiguar que es lo que hacia este bus diferente. Lo que encontré fue una rareza para mi, todos los pasajeros dentro del bus conversaban entre ellos, todos a pesar de no siempre conocerse compartían experiencias, quejas o simplemente charlaban sobre las noticias del día, incluso el cobrador del bus habla de manera tranquila y pausada, y a diferencia de otros cobradores que maldicen su suerte por estar en un bus todo el día, los cobradores de la ruta hacia la Av. Abancay no parecían incómodos, de hecho son los cobradores mas calmados que he visto en mi vida, atendiendo con amabilidad a todos sus pasajeros.
Lo que quiero resaltar es la lección aquí, las personas adultas mayores tienen esa magia de antaño, ese respeto y afecto que debemos tener hacia todas las personas, creo que todos podemos aprender algo de esto. Al menos yo, ya no escucho música dentro del bus camino a la Av. Abancay y estoy aprendiendo a apreciar mi ciudad, especialmente gracias a las personas mayores, que todos los días nos dan el mejor regalo que se puede dar, un futuro, que han dejado en nuestras manos, no hay que defraudarlos.
Gracias por leer!